Fecha de publicación: viernes 11-febrero / 8:52pm

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Pasajes de la Historia por Juan Antonio Cebrián

Sobre este episodio

Fue bautizado como Edgar Poe en Boston, Massachusetts, y sus padres murieron cuando era niño. Fue recogido por un matrimonio adinerado de Richmond, Virginia, Frances y John Allan, aunque nunca fue adoptado oficialmente. Pasó un curso académico en la Universidad de Virginia y posteriormente se enroló, también por breve tiempo, en el ejército. Sus relaciones con los Allan se rompieron en esa época, debido a las continuas desavenencias con su padrastro, quien a menudo desoyó sus peticiones de ayuda y acabó desheredándolo. Su carrera literaria se inició con un libro de poemas, Tamerlane and Other Poems (1827). Por motivos económicos, pronto dirigió sus esfuerzos a la prosa, escribiendo relatos y crítica literaria para algunos periódicos de la época; llegó a adquirir cierta notoriedad por su estilo cáustico y elegante. Debido a su trabajo, vivió en varias ciudades: Baltimore, Filadelfia y Nueva York. En Baltimore, en 1835, contrajo matrimonio con su prima Virginia Clemm, que contaba a la sazón 13 años de edad. En enero de 1845, publicó un poema que le haría célebre: "El cuervo". Su mujer murió de tuberculosis dos años más tarde. El gran sueño del escritor, editar su propio periódico (que iba a llamarse The Stylus), nunca se cumplió. Murió el 7 de octubre de 1849, en la ciudad de Baltimore, cuando contaba apenas 40 años de edad. La causa exacta de su muerte nunca fue aclarada. Se atribuyó al alcohol, a congestión cerebral, cólera, drogas, fallo cardíaco, rabia, suicidio, tuberculosis y otras causas. Una fosca media noche, cuando en tristes reflexiones, sobre más de un raro infolio de olvidados cronicones inclinaba soñoliento la cabeza, de repente a mi puerta oí llamar: como si alguien, suavemente, se pusiese con incierta mano tímida a tocar: "¡Es — me dije — una visita que llamando está a mi puerta: eso es todo y nada más!". ¡Ah! Bien claro lo recuerdo: era el crudo mes del hielo, y su espectro cada brasa moribunda enviaba al suelo. Cuán ansioso el nuevo día deseaba, en la lectura procurando en vano hallar tregua a la honda desventura de la muerte de Leonora; la radiante, la sin par vírgen pura a quien Leonora los querubes llaman, hora ya sin nombre... ¡nunca más! Y el crujido triste, incierto, de las rojas colgaduras me aterraba, me llenaba de fantásticas pavuras, de tal modo que el latido de mi pecho palpitante procurando dominar, "¡es, sin duda, un visitante —repetía con instancia— que a mi alcoba quiere entrar: un tardío visitante a las puertas de mi estancia..., eso es todo, y nada más!". Paso a paso, fuerza y bríos fue mi espíritu cobrando: "Caballero —dije— o dama: mil perdones os demando; mas, el caso es que dormía, y con tanta gentileza me vinisteis a llamar, y con tal delicadeza y tan tímida constancia os pusísteis a tocar, que no oí" —dije— y las puertas abrí al punto de mi estancia; ¡sombras sólo y... nada más! Mudo, trémulo, en la sombra por mirar haciendo empeños, quedé allí, cual antes nadie los soñó, forjando sueños; más profundo era el silencio, y la calma no acusaba ruido alguno... Resonar sólo un nombre se escuchaba que en voz baja a aquella hora yo me puse a murmurar, y que el eco repetía como un soplo: ¡Leonora...! esto apenas, ¡nada más! A mi alcoba retornando con el alma en turbulencia, pronto oí llamar de nuevo, —esta vez con más violencia, «De seguro —dije— es algo que se posa en mi persiana, pues, veamos de encontrar la razón abierta y llana de este caso raro y serio, y el enigma averiguar. ¡Corazón! Calma un instante, y aclaremos el misterio... —Es el viento— y nada más!» La ventana abrí —y con rítmico aleteo y garbo extraño, entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño. Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto, con aspecto señorial, fué a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta de mi puerta el cabezal; sobre el busto que de Palas la figura representa fué y posóse —¡y nada más! Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza con su grave, torva y seria, decorosa gentileza; y le dije: «Aunque la cresta calva llevas, de seguro no eres cuervo nocturnal, viejo, infausto cuervo obscuro, vagabundo en la tiniebla... Dime: —«¿Cuál tu nombre, cuál en el reino plutoniano de la noche y de la niebla?...» Dijo el cuervo: «¡Nunca más!.» Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho, si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho; pues preciso es convengamos en que nunca hubo criatura que lograse contemplar ave alguna en la moldura de su puerta encaramada, ave o bruto reposar sobre efigie en la cornisa de su puerta, cincelada, con tal nombre: «¡Nunca más!». Mas el cuervo, fijo, inmóvil, en la grave efigie aquella, sólo dijo esa palabra, cual si su alma fuese en ella vinculada —ni una pluma sacudía, ni un acento se le oía pronunciar... Dije entonces al momento: «Ya otros antes se han marchado, y la aurora al despuntar, él también se irá volando cual mis sueños han volado.» Dijo el cuervo: «¡Nunca más!» Por respuesta tan abrupta como justa sorprendido, «no hay ya duda alguna —dije— lo que dice es aprendido; aprendido de algún amo desdichado a quien la suerte persiguiera sin cesar, persiguiera hasta la muerte, hasta el punto de, en su duelo, sus canciones terminar y el clamor de su esperanza con el triste ritornelo de jamás, ¡y nunca más» Mas el cuervo provocando mi alma triste a la sonrisa, mi sillón rodé hasta el frente al ave, al busto, a la cornisa; luego, hundiéndome en la seda, fantasía y fantasía dime entonces a juntar, por saber qué pretendía aquel pájaro ominoso de un pasado inmemorial, aquel hosco, torvo, infausto, cuervo lúgubre y odioso al graznar: «¡Nunca jamás!» Quedé aquesto investigando frente al cuervo, en honda calma, cuyos ojos encendidos me abrasaban pecho y alma. Esto y más —sobre cojines reclinado— con anhelo me empeñaba en descifrar, sobre el rojo terciopelo do imprimía viva huella luminosa mi fanal— terciopelo cuya púrpura ¡ay! jamás volverá élla a oprimir —¡Ah! ¡Nunca más! Parecióme el aire, entonces, por incógnito incensario que un querube columpiase de mi alcoba en el santuario, perfumado —«Miserable ser —me dije— Dios te ha oído, y por medio angelical, tregua, tregua y el olvido del recuerdo de Leonora te ha venido hoy a brindar: ¡bebe! bebe ese nepente, y así todo olvida ahora. Dijo el cuervo: «¡Nunca más!» «Eh, profeta —dije— o duende, mas profeta al fin, ya seas ave o diablo — ya te envía la tormenta, ya te veas por los ábregos barrido a esta playa, desolado pero intrépido, a este hogar por los males devastado, dime, dime, te lo imploro: ¿Llegaré jamas a hallar algún bálsamo o consuelo para el mal que triste lloro?» Dijo el cuervo: «¡Nunca más!» «¡Oh, Profeta —dije— o diablo —Por ese ancho combo velo de zafir que nos cobija, por el mismo Dios del Cielo a quien ambos adoramos, dile a esta alma adolorida, presa infausta del pesar, sí jamás en otra vida la doncella arrobadora a mi seno he de estrechar, la alma virgen a quien llaman los arcángeles Leonora!» Dijo el cuervo: «¡Nunca más!» «Esa voz, oh cuervo, sea la señal de la partida. grité alzándome: —¡Retorna, vuelve a tu hórrida guarida, la plutónica ribera de la noche y de la bruma!... de tu horrenda falsedad en memoria, ni una pluma dejes, negra, ¡El busto deja! ¡Deja en paz mi soledad! ¡Quita el pico de mi pecho! De mi umbral tu forma aleja...» Dijo el cuervo: «¡Nunca más!» Y aún el cuervo inmóvil, fijo, sigue fijo en la escultura, sobre el busto que ornamenta de mi puerta la moldura.... y sus ojos son los ojos de un demonio que, durmiendo, las visiones ve del mal; y la luz sobre él cayendo, sobre el suelo arroja trunca su ancha sombra funeral, y mi alma de esa sombra que en el suelo flota... ¡nunca se alzará..., nunca jamás!

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